Eduardo España y su travesía en la actuación

Eduardo España y su travesía en la actuación

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De niño, el comediante mexicano Eduardo España jugaba en la sala de su casa junto con su hermano Diego a ser actores con papeles serios, imitando a las telenovelas que veían en compañía de su familia e incluso hacían shows en la cochera de su vecina, donde también se volvían imitadores y cantantes con playback para ofrecer un espectáculo sin cobrar.

«Lo hacíamos solo por la satisfacción de que nos vieran», recordó España.

 Tal vez la primera vez que consideró formalmente ser actor fue cuando vio a Peter Sellers en la película La fiesta inolvidable, en 1968.

«Literalmente me hice pipí de la risa», recordó el actor de 48 años, quien afirmó que al ver el trabajo de Héctor Suárez le brincaba el corazón.

«Primero quieres ser veterinario o policía, pero en esencia quería ser actor. Pensaba que en las películas te dejaban hacer todo sin que te regañara tu mamá, podía ir a supermercado, ver una torre de lata y agarrarla de abajo para que se cayeran todas, yo lo relacionaba con que en el cine se podían hacer locuras», expresó.

La primera vez que Eduardo España habló con sus padres sobre su decisión de ser actor, les habló de estudiar una carrera. En Guadalajara había cursos, pero quedaban lejos de su casa y como aún era joven sus papás le pidieron que esperara.

Pronto abrió el Centro de Actores y Autores de Occidente, que era dirigido por Ofelia Cano como parte de Televisa. A sus 17 años, Eduardo conocía a la secretaria a la que le pidió que escucharan un casete con sus grabaciones.

«Al principio no me admitían porque la neta no cumplía con los esquemas que buscaba la directiva por parte de Televisa México, que eran ciertos perfiles físicos para telenovela y tuve que valerme de lograr convencerlos por medio de un audio cassette interpretando a muchos personajes imitando y haciendo voces», refirió.

Un día entró a la escuela de actuación y al año ya era uno de los diez alumnos becados con un futuro prometedor. Para ese entonces ya se consideraba un «ratón de biblioteca» puesto que se había enamorado del estudio.

La carrera de Eduardo España solo empezaba ahí. Una de las primeras enseñanzas de su trayectoria es que no hay que etiquetar a nadie por su apariencia y hay que darle oportunidad a todos.

«Yo siempre he dicho que en la vida suceden historias interesantes a los bonitos, a los feos, a los altos, a los chaparritos, a los gorditos, a los flaquitos, a todo el mundo. Se trata de desarrollar herramientas y abordar con dignidad un oficio como es el de actor».

Después de trabajar en Guadalajara como mopetero, en teatro infantil, televisión local, haciendo voces y con un programa de radio con tres años al aire tras haber conseguido su licencia de locución, decidió que quería ampliar su carrera y se mudó a la Ciudad de México, centro del espectáculo en el país. Al llegar, ya tenía contacto con Eugenio Derbez, a quien conoció cuando fue invitado en uno de sus programas.

«Le gustó mi trabajo, intercambiamos teléfonos y el día que llegué, el 17 de enero de 1994, aterricé con un llamado para grabar unos sketches. Fue llegar con el pie derecho», aseguró.

Pero no todo fue fácil a su llegada a la capital mexicana, pues así como se le abrían puertas también tuvo encuentros con productores que le dijeron que su tipo no vendía.Reconoce que llegó a desamimarse muchas veces

«Ese día también me enfrenté con bajoneos, pensaban que había sido inútil venir cuando me iba bien. Llegué desmoralizado», advirtió. Al compartir los gastos del departamento con Miguel Manzano, éste también lo ayudó a saber moverse por la ciudad, el transporte que tomar para no perderse en el intento y la dinámica para repartir su currículo a las producciones, así como enterarse de casting para comerciales en las agencias de modelos y actores.

«De los momentos más difíciles recuerdo que era cuando éramos varios roomies en un departamento en la calle de Zacatecas, en la Colonia Roma. Cada uno estaba buscando sus sueños, a veces teníamos para renta, a veces no, a veces nos comía que teníamos que pagar el teléfono o sacar los gastos para la comida y eran angustias porque no teníamos chamba.

«Nos tuvimos que meter a chambas de todo y había momentos en que yo cerraba los ojos al ir en el metro a algún trabajo y decía ‘híjole, me vine con toda la ilusión y no está fluyendo porque no sé si voy a tener para comer el viernes’. Me hacía el paro algún hermano, pero yo me agüitaba y me desilusionaba porque quería salir adelante por mí, no sabía qué iba a pasar conmigo».

Cuando comenzó con algunos proyectos su familia esperaba ver sus escenas en la televisión nacional. Sin embargo, el actor asegura que una tragedia, más el paso del tiempo, es igual a comedia, porque ahora esos episodios que tanto le costaron son recordados con gracia.

«Me sentía ‘FrankieRivers’, el de ‘Vecinos’, que estaban esperando verme en una escena en la novela, estornudabas y ya había pasado», dice entre carcajadas.

Los milagros por tener dinero para comer y pagar la renta de a poco fueron hechos del pasado cuando comenzó a hacerse de un lugar en obras de Jesús González Dávila, William Shakespeare y Darío Fo, además de su participación en el XXVI Festival Cervantino.

«Cuando nos pagaban un comercial nos sentíamos ‘Huicho Domínguez’ y hasta queríamos encargar sushi», reiteró. Su trabajo en Al derecho y al Derbez, El premio mayor, Carita de ángel, Diseñador ambos sexos, Santos peregrinos, El privilegio de mandar, Los Héroes del Norte, Pastotela o El color de la pasión, por mencionar algunos de sus proyectos, cambiaron su situación y comenzó a crearse de un nombre.Le gusta que la gente se acerque a él

Eduardo sabe que uno de sus personajes más reconocidos es «Germán», que interpreta en la serie Vecinos, sin olvidar a «Doña Márgara Francisca», tal vez su alter ego. Lalo agradece la oportunidad de crecimiento que obtuvo gracias a ellos mientras siga trabajando en otros proyectos y no se duerma en sus laureles, luchando contra sentirse encasillado.

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