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Una vida dedicada a la selva maya, rememorada por el biólogo Arturo Bayona

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Hugo Martínez Zapata

Llamó a niños y jóvenes a interesarse en el cuidado del medioambiente, pues situaciones como la actual pandemia son causadas por el hombre al romper el equilibrio de los ecosistemas.

Cuando era niño y vivía en su natal Chihuahua, Arturo Bayona Miramontes –responsable de Estudios Medioambientales en el Proyecto Gran Acuífero Maya (GAM), del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH)– veía las películas de Tarzán pero, curiosamente, lo que menos le interesaba era la suerte de Lord Greystoke. En realidad, él solo veía la selva y se imaginaba teniendo sus propias aventuras en esos paisajes frondosos y llenos de vida.

En conferencia virtual, organizada por el Proyecto GAM y hermanada con la campaña nacional “Contigo en la Distancia”, de la Secretaría de Cultura, el biólogo, quien por más 40 años ha investigado y promovido la conservación de las selvas mayas, principalmente de Chiapas y Quintana Roo, ofreció una charla dedicada a niños y jóvenes, acerca de cómo se inició en esta disciplina y misión de vida.

Comentó que su interés en la vida animal y vegetal nació en los paisajes desérticos de Chihuahua y de San Luis Potosí, estados en los que vivió siguiendo los pasos de su padre, un ingeniero minero.

Decidido, marchó a Jalisco para estudiar biología en la Universidad Autónoma de Guadalajara, y no sin pocos avatares, luego se trasladó a San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Allí, de la mano del libro Por tierras de lacandones (1953), del alemán Herbert Rittlinger, supo cuál sería su siguiente paso: internarse en la selva y estudiarla de primera mano, conviviendo con el ancestral pueblo indígena.

Previo a ello, Bayona, quien desde los 13 años de edad ha mantenido el gusto por la composición e interpretación musical, trabajó algunos meses como cantante en los bares y hoteles de San Cristóbal.

En cuanto ahorró el dinero que calculó suficiente, se equipó con una mochila de expedición, su casa de campaña y los implementos necesarios para trasladarse hasta la comunidad de Na-ha.

“Me presenté ante los lacandones. Todavía vivía Chan Kin Viejo, el último jerarca tradicional de esta comunidad, y le manifesté mis pretensiones de quedarme unos meses con ellos para completar el aprendizaje que había hecho en la universidad”.

El joven biólogo obtuvo el permiso e inició, a finales de los 70, una estadía de tres años de aislamiento: recorriendo pueblos lacandones, aprendiendo a pescar y obtener su alimento en la propia selva, y ratificando su deseo de dedicarse al cuidado de la naturaleza.

“Fue una etapa de conocimiento profundo. Viajé en balsa y a pie hasta Bonampak y Yaxchilán, ciudades en las que comprendí, finalmente, la grandeza de la cultura maya”, recordó al evocar cómo, en este último lugar, coincidió con los arqueólogos del INAH, quienes liderados por Roberto García Moll, estudiaban y consolidaban la urbe prehispánica, cerrada entonces a la visita pública.

“En Yaxchilán, sin miramientos, armé mi campamento en un espacio no muy alejado de los antiguos edificios, para disfrutar y aprender tanto del sitio como de los trabajos que se hacían”.

Desde esos estudios de inmersión en Na-ha y en la Laguna de Miramar, el camino de Bayona ha seguido en línea ascendente. En 1985, se trasladó a Quintana Roo para formar parte del equipo que delineó la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an.

En Felipe Carrillo Puerto, municipio que convirtió en su residencia, fundó, junto con otros colegas, la asociación civil Econciencia y el Museo Casa de la Naturaleza. Asimismo, inició su carrera como profesor e investigador en el instituto tecnológico de esta localidad.

Su adscripción al Proyecto GAM, expuso en sus anotaciones finales, se dio en 2015, cuando en un congreso de buceo, verificado en la isla de Cozumel, conoció al investigador del INAH, Guillermo de Anda.

Desde entonces ha participado en los estudios de calidad del agua en cenotes y cuerpos subacuáticos que el GAM promueve, con apoyo de entidades como National Geographic; así como en proyectos arqueológicos de primer orden como el redescubrimiento del santuario subterráneo de Balamkú, en 2019, en las entrañas de la Zona Arqueológica de Chichén Itzá, en Yucatán.